¿Por qué somos adictos?

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¿Por qué somos adictos?

“Al principio no me daba cuenta, pero cuando comencé a perder, sentía deseos de reponer lo perdido y cuando perdí aún más, ya fue forzoso seguir jugando para recuperar aunque sólo fuera el dinero necesario para mi partida, pero también eso lo perdí”. Estas palabras fueron plasmadas por Fedor Dostoievski, autor de la novela El jugador -entre otras- en una carta a su esposa en la que le explicaba cómo había perdido todo su dinero.

Las preguntas son: ¿era Dostoievski un débil moral? ¿Tenía un defecto genético? ¿Le faltaba fuerza de voluntad? Tal vez así se categorizaba a un adicto tiempo atrás. Hoy por hoy, y gracias a los avances de la ciencia, la adicción reconocida como una enfermedad crónica que provoca cambios cerebrales específicos. Es decir, así como la enfermedad cardíaca afecta el corazón, la adicción afecta el cerebro. Se manifiesta en el deseo por el objeto del que se es adicto, la pérdida de control sobre su consumo y la necesidad desmedida de continuar así a pesar de las consecuencias adversas. O sea, Dostoievski era un adicto al juego.

 

No obstante, años atrás, el objeto de adicción de este autor ni siquiera era visto como tal. Efectivamente durante muchos años se creía que sólo quienes consumían alcohol y drogas podían volverse adictos. En la actualidad, sabemos que podemos ser adictos al juego, a las compras, al sexo, a la comida y a la tecnología, pues también provocan cambios en el cerebro y son registrados por éste en forma similar a sustancias como el alcohol u otras drogas.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS): “La adicción es una enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación. Se caracteriza por un conjunto de signos y síntomas, que involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales”.

¿Y cuánta culpa podemos echarle a la genética?

Veamos. Los estudios de gemelos y adopción muestran que alrededor del 40% al 60% de la susceptibilidad a la adicción es hereditaria. Es el comportamiento el que juega un papel clave, sobre todo cuando se trata de reforzar un hábito. Cada uno de nosotros decide si hacer algo o no; por ejemplo, desear “fumarse un porrito” para relajarse, pero decide no hacerlo para evitar los efectos adversos que este comportamiento provoca con el paso del tiempo. Claro que, en las personas adictas, este control ya no es posible porque fallan los frenos del cerebro, aquellos que deberían ejercer el control cognitivo.

 

 

Al final, cada uno de nuestros comportamientos se origina en el cerebro. Ciertamente, una de las revelaciones importantes de las neurociencias ha sido la determinación de los circuitos de recompensa. En el cerebro, el placer se produce a través de la liberación de la dopamina en el núcleo accumbens, el “centro de placer”. El aumento de dopamina (mensajero químico involucrado en la motivación, el placer, la memoria, el movimiento, etc.) que provoca la conducta de consumo activa este centro de placer y sus circuitos de refuerzo, por lo que provoca un comportamiento automático atado a una sensación de bienestar y premio.

 

Por esos motivos, muchos adictos se focalizan únicamente en conseguir y consumir la droga, descuidando todos los demás aspectos de sus vidas: su familia, su trabajo, sus amigos, sus finanzas y su salud. Sin embargo, aun siendo conscientes de su autodestrucción y de la destrucción de todo lo que los rodea, no pueden cortar el comportamiento impulsivo y compulsivo del consumo. Esto, además, hace que con el tiempo desarrollen la tolerancia y necesiten aumentar las dosis para conseguir los mismos efectos.

 

Pero hay algo curioso, incluso después de que un adicto decide dejar las drogas, inducido por alguien más o por iniciativa propia, logrando estar semanas, meses y años sin consumir, no significa que esté recuperado. En muchísimos casos, el simple hecho de visitar entornos en los que hay droga, transitar un estado emocional complicado o encontrarse con personas con las que compartía su adicción, puede generarles una recaída. Como hemos visto, la adicción se aprende y se almacena como memoria en el cerebro, por lo que requiere un tratamiento específico de recuperación que también contemple estas cuestiones.

 

Manel Colomer, especialista en recuperación de adicciones, nos menciona que para que un tratamiento resulte eficaz en la recuperación de un adicto, debe tenerse en cuenta el grado de deterioro del paciente, lo que decimos, “el fondo hasta donde ha llegado”, que por cierto, cada persona tiene el suyo. Por ejemplo, existen casos en los que hay que trabajar en una reconstrucción cognitiva de paciente (concentración, atención, memoria, etc.), en otros encontrarse a si mismos, los lazos familiares, etc.

Todo proceso de recuperación debe contemplar -por lo menos- cuatro fases necesarias para el equilibrio emocional de la persona:

  • Desintoxicación: cuerpo y mente.
  • Deshabituación: erradicar los hábitos de consumo (directos e indirectos).
  • Rehabilitación: descubrir lo saludable que es la vida.
  • Reinserción: prudente y necesaria, para que la persona pueda recuperar las riendas de su vida.

En cuanto al tratamiento y el apoyo que presta el centro Sinconsumir, podemos mencionar:

  • Tratamiento integral de terapia cognitiva para promover el cambio conductual y emocional.
  • Apoyo al paciente en tratamiento 24 horas, 365 días.
  • Terapias individuales para pacientes, familiares y parejas.
  • Terapias de grupo para pacientes, veteranos, familiares y parejas.
  • Terapias de motivación para el cambio.
  • Sesiones de arteterapia.
  • Actividades terapéuticas.

Dejar de consumir es el principio. Mantenerse sin consumir es el compromiso.

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